viernes, 26 de diciembre de 2025

El Belén de Francisco de Asís

 

Cuando hoy pensamos en un Belén, imaginamos figuras, paisajes, luces, caminos, montañas, pastores y reyes. Sin embargo, nada de eso estaba en el origen. El Belén, tal como lo conocemos, es el resultado de siglos de evolución.

Su nacimiento fue mucho más austero, casi incómodo, y profundamente intencional. Para encontrar su origen hay que situarse en el año 1223 en un pequeño pueblo de los Apeninos italianos llamado Greccio. Francisco de Asís ya llevaba años predicando un cristianismo radicalmente encarnado.

Humildad, cercanía con los marginados, fraternidad con la naturaleza y rechazo explícito del lujo religioso. En su época, la Navidad ya se celebraba litúrgicamente, pero se había vuelto en muchos lugares una festividad solemne, distante, cargada de símbolos teológicos, pero alejada de la experiencia concreta del nacimiento de Jesús. Francisco no cuestiona la doctrina, cuestiona la distancia emocional y existencial.

Su pregunta no es teológica, sino humana. ¿Cómo nació realmente Jesús? Según relata Tomás de Celano, su primer biógrafo y testigo cercano, Francisco quiso ver con los ojos del cuerpo cómo había nacido Cristo. No pidió permiso para innovar una tradición; pidió algo mucho más simple: reproducir un lugar.

Solicitó a un noble local, Juan de Greccio, que preparara una gruta, un pesebre y que llevara un buey y un asno de carne y hueso. No encargó figuras, ni organizó una representación teatral, ni pidió que nadie hiciera de María y de José. La escena estaba incompleta a propósito.

Así, en la Nochebuena de 1223, la gente acudió con antorchas. Se celebró la misa frente al pesebre vacío. El centro no era una imagen, sino un espacio.

Un espacio preparado para ser comprendido, no consumido. El pesebre sin niño obligaba a hacerse una pregunta. ¿Qué significa que Dios haya elegido esto? No hay constancia histórica de visiones celestes ni de fenómenos extraordinarios.

Lo que sí se relata es la emoción profunda de los presentes y el impacto que produjo aquella forma de celebrar la Navidad, no por lo espectacular, sino por lo contrario: por lo esencial. La famosa estrella de Belén pertenece al relato evangélico de Mateo y a interpretaciones posteriores, pero no fue un elemento central en Greccio.

Y aquí aparece algo relevante: el trasfondo cultural. En la mentalidad medieval, el universo no estaba dividido en compartimentos estancos. El cielo, la tierra, los animales y el ser humano formaban un todo coherente.

El nacimiento de Cristo se entendía como un acontecimiento que afectaba al orden completo de la creación. No en términos astrológicos modernos, sino simbólicos: el cielo como testigo y la tierra como receptáculo.

Francisco compartía plenamente esa visión. Su famoso Cántico de las Criaturas lo demuestra. Para él, el mundo no era un decorado, sino un coro.

Y así, su gesto en Greccio puede entenderse como una reconexión entre lo cósmico y lo cotidiano. El misterio más alto expresado en la materia más humilde.

Tras la muerte de Francisco, la idea se difundió. Primero en los conventos franciscanos, luego en iglesias y hogares. Con el tiempo se añadieron figuras, escenas y elementos narrativos. En el Renacimiento y el Barroco, el Belén se convirtió en arte. En Nápoles, casi en teatro.

Pero el núcleo permaneció. Hacer visible lo invisible. Y hacer cercano lo que había vuelto abstracto.

El Belén no nació para adornar. Nació para recordar una elección: la elección de la fragilidad.

No fue una invención estética, sino un acto pedagógico y espiritual. Francisco no quiso explicar el nacimiento de Jesús. Quiso que se intuyera. Por eso dejó el pesebre vacío.

Porque el centro no era la figura, sino la pregunta.

Y quizá ahí radique la razón por la que, ocho siglos después, seguimos montando belenes: no para repetir una escena, sino para volver a acercarnos a un misterio que solo se comprende cuando se mira sin exceso de adornos.

Tomado de la red.

Publicado por JEAC.



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