sábado, 24 de julio de 2021

Del dicho al hecho...

 

No hay nada más coherente y dignificante
que pensar, decir y hacer lo mismo. Para mucha gente esto es un imposible fuera de todo lugar. Acostumbrados a decir cosas bonitas y a hacerlas al contrario, a convencer por una parte y hacer lo que quieren por otra, a sostener una premisa como irrefutable y reírse de ella nada más que se vuelven de espalda. Y es que el refrán castellano “ Del dicho al hecho hay un trecho” tiene sus defensores entre los que tienen en su cabeza una separación, que han normalizado, en la cual decir algo no implica cumplirlo.
Antes la palabra era ley. No había mayor pacto entre caballeros que la palabra dada. Por la palabra se llegaba tan lejos como a la muerte. Era un sello real donde, de forma invisible, el compromiso era inamovible.
Estamos en el mundo del “todo vale”, de “tú convence y vence, como sea”, de “vende bien y no importa qué”.
Por eso es tan fácil cruzar líneas cuyo límite natural no ha de explicarse siquiera, pero no las hay y si las trazamos son tan débiles que podemos cambiarlas a nuestro antojo.
Aunque parezca que todo esto va en nuestro favor, no es así. Cada acción tiene su consecuencia. Cada paso, su avance o su retroceso; cada elección, su factura.
Y el caso es que nos gusta la gente “formal”, aquella en la que se puede confiar, laque tiene una nobleza de sentimientos y acciones que le definen, con la que podemos contar sin miedo a sentirnos traicionados a la vuelta de la esquina.
Es difícil reconocerse a uno mismo, pero la vida siempre nos pone espejos que nos reflejan cómo somos y, creyendo bondades de otros, recibimos el mismo daño que hemos hecho.
Es una ley que no falla. Nunca.

Tomado de: Mirar lo que no se ve.

Publicado por JEAC.

domingo, 11 de julio de 2021

La sabiduría del águila

 

La razón por la cual el águila construye su nido con hierbas, plumas y espinas, es muy sencilla.
Cuando el aguilucho ha llegado a cierta edad y tiene condiciones para valerse por sí mismo, la madre saca del nido las plumas y las hierbas, de modo que solo quedan las espinas para que incomoden a la criatura.
El aguilucho ya no tiene confort, entonces las espinas le obligan a buscar una mejor casa.
Ahí entra el águila madre: desde determinado punto de altura lanza a su hijo y empieza a enseñarle a volar.
Lo arroja, el aguilucho extiende las alas, pero todavía no puede sostener el aleteo, el viento le gana, y empieza a caer.
La madre lo observa y desciende a su rescate; lo toma con las patas, nuevamente lo sube y repite la operación: lo vuelve a lanzar. Y así, hasta que la criatura aprenda.
Una vez que aprende ya está apto para emprender su propio rumbo.
Las águilas no apañan la dependencia.
Las águilas no mantienen a hijos ociosos, o vuelas o vuelas.
¡Para triunfar en la vida hay que tener características de águila!

Tomado de la web.

Publicado por JEAC.