domingo, 14 de febrero de 2010

Carnaval en el conventillo










Estos carnavales
quién inventaría,
estos carnavales
quién inventaría,
un viejo borracho
alegre sería....
un viejo borracho
alegre sería....

Al compás de estas estrofas que cantaban los adultos, los niños del conventillo de la calle Chuquisaca, sabíamos que había llegado el carnaval, y con el los juegos con agua, los pepinos, las chauchitas, la alegría y los bailes de los mayores.
Tendría yo siete u ocho años y de aquellas épocas vienen mis primeros recuerdos del carnaval paceño. Por la cercanía que teníamos con las calles por donde pasaba la "entrada de carnaval" del día Domingo, la primera actividad de los niños del conventillo era ir a presenciar la entrada y para ello nada mejor que dirigirnos a la estación central que era donde la entrada se iniciaba, y que quedaba a tres cuadras de la casa en que vivíamos. Después de muchos ruegos y súplicas por fin conseguíamos el permiso para ir a ver la entrada, no antes de recibir mil recomendaciones de no jugar con agua y de volver temprano. Casi siempre las encargadas de llevarnos allá eran los chicos que tenían más edad, en este caso hablo de entre trece y quince años. De la mano de ellos nos dirigíamos a la famosa Estación Central, lugar de concentración de las comparsas para la entrada del carnaval.
Era lindo ver los disfraces de la gente, que acudía a sus mejores talentos para disfrazarse ya que en esos tiempos no habían máscaras de goma ni facilidades como las actuales para elaborarse un buen disfraz. Todo había que hacerlo en forma casera y utilizando lo que había en casa. No faltaban unos cuantos carros alegóricos que nos asombraban y los infaltables pepinos que por cientos, se daban cita ya que eran el alma del carnaval. Debo confesar que desde chico siempre les tuve algo de temor a los pepinos, a pesar de que eran muy amigables con los chicos, yo ponía distancia entre ellos y mi persona; no sé si era por su voz aflautada o por que el rato menos pensado podían darte un golpe "cariñoso" con su chorizo o matasuegra, o quizás por los fuertes colores de sus trajes y su máscara con aquella proverbial nariz prominente. Lo cierto es que mientras los demás niños se divertían y hasta molestaban a los pepinos yo me ponía a buen recaudo y solo los observaba.
Cuando la gente mayor dice que antes en los carnavales habían miles de pepinos, no exagera, yo veía con asombro como para el comienzo de la entrada se reunían como moscas y a la hora del comienzo, se lanzaban en desenfrenada carrera cuesta abajo por la Avenida de las Muñecas gritando y pegando al público que se reunía para observar la entrada. ¡Eran cientos! y al poco rato después de que salían tres o cuatro comparsas y algunos carros alegóricos, ya se habían reunido otra gran cantidad para lanzarse nuevamente en ola. Esto se repetía cuatro o cinco veces en la entrada.
El pepino era el rey del carnaval, los días subsiguientes se los podía ver en cualquier calle céntrica y particularmente en la nuestra, saltando, bailando, molestando cholitas y a veces haciendo "chauchita" que consistía en reunir niños, echar unas monedas al aire y golpear con su matasuegras a los valientes que trataban de agarrar las monedas lanzadas. En algunas ocasiones, venciendo mi temor, trate de agarrar algo pero lo único que agarraba era un buen golpe del matasuegras y la risa de los demás.

A medida que la semana del carnaval avanzaba los pepinos aparecían cada vez en menor cantidad y algunos sin máscaras o con el disfraz sucio y roto. Sin embargo el domingo siguiente esa multitud de pepinos, volvía a congregarse para la "despedida” del carnaval.

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